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Prólogo de Hernán Casciari

La infancia puede ser un territorio de refugio y amenaza

Sobre ¡Ay, mi niña!

PRÓLOGO · 29 de septiembre de 2026 · 18:20

¡Ay, mi niña! trabaja con una materia delicada: la infancia como territorio de refugio y amenaza. Una narradora adulta recorre la casa de sus abuelos, a punto de ser demolida, y cada habitación abre una capa de memoria: la violencia entre los padres, la partida del padre, la precariedad, la protección imperfecta de los abue

los gallegos, la llegada de un padrastro al que admira y teme como si fueran sinónimos. Detrás de esa historia de una familia, otra más antigua: la de las mujeres que aprendieron, cada una a su modo, a sobrevivir antes que a respirar. Piro construye con su álbum y su lupa una novela fragmentaria donde sobrevivir para ella no es una consigna heroica, sino una práctica cotidiana: callar, obedecer, adaptarse, esconderse, cortar ramas del árbol familiar cuando ya no queda otra forma de respirar. La casa funciona como mapa emocional y como ruina: aquello que protegió también encerró, aquello que fue hogar también se volvió carga. ¡Ay, mi niña! no narra para exhibir una vida, sino para transformarla en una pregunta literaria: cuánto de nosotros nace de lo que pudimos soportar y cuánto empieza recién cuando dejamos de sostener lo que nos destruye. La narración avanza entre escenas sensoriales, olores, objetos, voces familiares y pequeñas violencias que se acumulan hasta volverse destino. ¡Ay, mi niña! no busca ordenar el pasado ni absolverlo. Lo mira de frente, con la crudeza necesaria y una ternura vigilante, para intentar pasar de la supervivencia a la vida, entre la niña que aprendió a resistir y la adulta que puede nombrar lo vivido sin bajar la mirada. Por fin.