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Prólogo de Hernán Casciari

Renato escribe cartas a sus padres entre recuerdos y escenas familiares

Sobre Cartas para mis viejos

PRÓLOGO · 31 de agosto de 2026 · 13:53

Renato Monte contempló siempre con orgullo una caricatura de su padre en la gomería del pueblo: el gringo renegado, el hombre de los parches, y un chico pequeño al lado, casi como una firma afectiva en la esquina del dibujo.

Esa imagen puede sostener todo este homenaje, porque no habla solo de un oficio ni de una época, sino de una manera de estar en el mundo: trabajar, protestar un poco, arreglar lo que otros daban por perdido, criar desde la presencia áspera y dejar recuerdos capaces de sobrevivir en la memoria de un pueblo entero. Renato escribe para sus padres desde un formato abierto, hecho de cartas, escenas, recuerdos propios y reconstrucciones familiares. Su padre vino de Italia después de la Segunda Guerra Mundial, sin abuelos cerca para ese hijo que crecería en la provincia de Buenos Aires y aprendería a buscar figuras sustitutas en tíos, vecinos, gestos y herramientas. Su madre, todavía viva, aparece como parte de esa historia grande de amor, migración, campo, pueblos chicos y pertenencia. En estas páginas también asoma el hijo que escribe desde el presente, ligado al mundo agropecuario, con un hijo en España y la conciencia íntima de que las migraciones familiares a veces hacen círculos largos: alguien llega desde Europa para fundar una vida acá; décadas después, otro vuelve hacia allá para inventar la suya. Este libro no pretende ordenar una familia con solemnidad. Quiere hablarles a los viejos, agradecerles, discutirles, recordarlos y dejar constancia de que una vida también se hereda en pequeñas escenas.