Hay personas que se pasan la vida tratando de encajar en la definición que estudiaron. Y hay otras, como Wilmer Monroy, que usan esa definición apenas como punto de partida para discutirla. Es ingeniero, sí, pero también actor, dramaturgo, cronista involuntario de lo absurdo y especialista en detectar la grieta por donde se cuela la incomodidad del mundo.
Cuando el ingeniero no ingenia nace de esa tensión: la de alguien que aprendió a cumplir, a trabajar, a resolver, pero que al mismo tiempo siente que su verdadera materia prima no son los cálculos sino las fisuras. Las de la realidad, las de la memoria, las del lenguaje y las de uno mismo. En sus cuentos hay oficinas, mudanzas, nostalgia, crisis, viajes, jefes, papeles, café derramado y vidas que parecen estar apenas a un paso del desborde. Pero no se trata solo de contar lo raro: Wilmer tiene la rara virtud de encontrar el costado kafkiano de lo cotidiano sin despegarse nunca de lo humano. Sus personajes pueden estar en Colombia, en Europa o en cualquier sala de espera del mundo, pero siempre cargan la misma intemperie: la de quien sospecha que está improvisando una adultez que no termina de entender. Tal vez por eso este libro resulta tan honesto. Porque no intenta fingir certezas. Al contrario: convierte la confusión, el desarraigo y el humor en una forma de verdad.