Esa madurez se nota en cada página. Se nota en el pueblo, que no es un escenario quieto sino un personaje vivo: el mar que se lo come todo, la arena que se mete entre los dedos, la crema de ordeñe de la abuela, la ley seca trucha, el comisario cómplice. Y se nota, sobre todo, en lo que los personajes callan. Lo mejor de esta novela es lo que no se dice: las cenas de un matrimonio que se hablan sin decirse nada, una madre que se traga el nombre del hijo muerto antes de pronunciarlo, mensajes que dicen una cosa y significan otra.
El tema es el duelo, pero no el de manual: el del hermano que sobrevive y queda condenado a ser espejo, a que todo un pueblo vea en su cara la cara del muerto. La novela avanza en dos voces —un adolescente en 1997, un hombre en Noruega en 2015— y confía en que tardemos en descubrir que son el mismo, partido en dos. Cuando la pieza encaja, todo lo leído se reordena hacia atrás: la forma es el duelo hecho arquitectura, un hombre que tarda dieciocho años en volver a ser uno. Y la imagen que lo corona es el cuento noruego del Mundo Fantasma, donde los muertos se desvanecen como un polvo más fino que el talco a medida que los olvidamos. Este libro hace lo contrario del olvido: sopla ese polvo, lo mira a contraluz, y recién entonces lo deja ir.