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Prólogo de Hernán Casciari

Damián Centrone escribió durante años en silencio, sin pensar en publicar

Sobre Donde fui feliz me quedo

PRÓLOGO · 11 de marzo de 2026 · 17:07

Hay libros que nacen del entusiasmo. Otros nacen de la necesidad. El de Damián Centrone pertenece claramente al segundo grupo. Durante mucho tiempo escribió en silencio, sin pensar demasiado en publicar ni en construir una carrera literaria.

Escribía como quien habla solo en una habitación: para ordenar lo que duele, lo que conmueve, lo que todavía no tiene forma. Después vino el Mundial de Qatar y, con esa alegría colectiva, apareció también algo más íntimo: la necesidad de decir ciertas cosas que hasta ese momento habían quedado guardadas. El primer libro fue una especie de catarsis, una liberación. Pero en Donde fui feliz me quedo la escritura parece encontrar otro tono: más sereno, más consciente de lo que quiere contar. Tal vez porque en el medio ocurrió algo que cambia cualquier biografía: el nacimiento de un hijo. Mateo aparece en estas páginas como una presencia que reorganiza la mirada del autor. La paternidad abre un territorio nuevo desde donde pensar el pasado, la familia, los miedos y también las pequeñas alegrías cotidianas. Los textos de este libro se mueven entre esa intimidad y otros recuerdos igual de intensos: el fútbol vivido como pasión compartida, las amistades que sostienen la vida y ciertas historias familiares que siguen resonando con el paso del tiempo. Damián escribe con una honestidad poco frecuente. Él mismo lo dice con una frase sencilla: escribe como le sale. Y tal vez ahí esté la fuerza de estas crónicas: en esa decisión de no esconder las emociones y narrar lo vivido sin demasiados filtros.