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Prólogo de Hernán Casciari

Gerardo relee, modifica y recorta sus historias una y otra vez

Sobre Dos cafés

PRÓLOGO · 15 de septiembre de 2026 · 22:26

Gerardo estudió cine porque necesitaba aprender a contar historias, pero descubrió pronto que un guion es apenas el comienzo de algo: después hacen falta actores, cámaras, dinero, equipos y una cantidad de voluntades capaces de transformar esas páginas en una obra terminada. El cuento, en cambio, le ofreció una libertad distinta.

Una vez colocado el punto final, la historia ya existe. El problema es que Gerardo conoce demasiado bien la postproducción: relee, modifica, recorta, cambia una escena y vuelve a empezar. En la escuela de cine aprendió aquella frase según la cual las películas nunca se terminan, solo se abandonan; con sus relatos todavía está aprendiendo a abandonarlos. Y está aprendiendo a comprender que una historia podía sostenerse sin necesidad de convertirse en película. De esas experiencias surge este conjunto: relatos que comparten un territorio inventado, un tiempo propio y personajes que vuelven a encontrarse. Algunos cruces son evidentes; otros apenas dejan una señal para el lector atento. Gerardo construyó ese mundo como quien edita una película extensa: eliminó historias que desviaban la mirada, ajustó escenas y dejó solo aquello que fortalecía el conjunto. Todavía duda de llamarse escritor. Prefiere pensar que es alguien que cuenta cosas. Tal vez sea suficiente. Después de todo, publicar consiste justamente en aceptar que una historia ya no necesita más correcciones para empezar a vivir fuera de quien la escribió.