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Prólogo de Hernán Casciari

Una novela de terror clásico con sensibilidad contemporánea

Sobre El arte de la oscuridad

PRÓLOGO · 29 de septiembre de 2026 · 18:20

Hay escritores que llegan a la ficción por vocación temprana y otros que llegan después de una caída. En Agustín Lyonnet, la escritura apareció cuando el trabajo se desmoronó y el terror dejó de ser solo una lectura favorita para convertirse en una herramienta de rescate.

Quizás por eso El arte de la oscuridad no propone un espanto exterior, sino una forma más íntima y perturbadora del horror: la herencia secreta de una familia, el peso de aquello que se transmite sin palabras y la sospecha de que el amor, si se contamina, también puede volverse una máquina de destrucción. La novela sigue a un pintor que hereda un departamento y, con él, una presencia viscosa, antigua, más cercana a una maldición que a un monstruo reconocible. Desde allí, la historia despliega una atmósfera asfixiante donde conviven el deseo artístico, los vínculos rotos, la culpa, la pulsión de crear y una violencia que no llega desde afuera, sino desde el corazón de la estirpe. Lyonnet entiende algo esencial del género: el verdadero miedo no nace solamente de la criatura que acecha, sino de la zona oscura donde el sujeto acepta, justifica o necesita su propia ruina. Con ecos del terror clásico y una sensibilidad contemporánea, la novela cifra en esa pregunta su potencia más perdurable. El arte de la oscuridad se pregunta si puede existir una obra, una vida o un amor que no se alimente del sacrificio del otro. Esa pregunta queda abierta, inquietando todavía incluso después del final.