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Prólogo de Hernán Casciari

En los relatos de Osmar Arévalo, lo fantástico aparece en la manera de mirar el mundo

Sobre El farolito de luz ámbar

PRÓLOGO · 22 de julio de 2026 · 20:27

El farolito de luz ámbar se mueve en una zona donde la memoria no se resigna a ser recuerdo y lo cotidiano no acepta quedarse quieto. En estos relatos, una tienda puede guardar maravillas, una fotografía antigua puede empezar a respirar, una cafetería puede abrir una historia secreta y una infancia puede volver con la misma fuerza con que vuelven los muertos, los asombros y las pérdidas.

Osmar Arévalo Lozada escribe desde una imaginación que no rompe la realidad, sino que la empuja apenas, lo suficiente para que aparezca algo más: una dimensión espiritual, fantástica, a veces luminosa, a veces triste. El libro tiene algo de umbral. Cada cuento parece preguntar qué hay del otro lado de una imagen, de una calle, de una voz escuchada en la niñez, de una ausencia que todavía conversa con nosotros. Lo fantástico no llega como espectáculo, sino como una manera de mirar: el mundo se vuelve extraño porque alguien lo mira con atención. En esa atención está la unidad del conjunto. La pérdida, la infancia, el asombro y la memoria funcionan como puertas; el lector las cruza sin saber del todo si entra en un sueño, en una evocación o en una verdad que solo podía contarse así. El farolito de luz ámbar pertenece a esa tradición en la que lo imposible no cancela lo humano, sino que lo revela. Y recuerda que a veces una vida entera puede esconderse en una escena mínima, esperando que alguien la imagine de nuevo otra vez.