Durante años, Leandro Juárez trabajó con sistemas, servidores y estructuras invisibles que sostienen el funcionamiento de otras cosas. Quizás por eso sus cuentos avanzan de una manera parecida: debajo de cada historia hay conexiones ocultas, personajes que reaparecen, decisiones mínimas que terminan afectando destinos enteros. El guardián de las mariposas puede leerse como un libro de relatos, pero también como un territorio donde todas las piezas pertenecen a un mismo mapa.
Un pueblo inspirado en los veranos de infancia. Muertes que no terminan de cerrarse. Vínculos atravesados por rencores viejos. Apariciones que quizá sean sobrenaturales o quizá sean memoria. Leandro estudió cine antes de dedicarse a la tecnología y volvió muchos años después a buscar las vocaciones que había dejado en pausa. Periodismo. Escritura. Narración. Esa recuperación aparece en estas páginas. Los cuentos tienen algo urgente, como si hubieran esperado demasiado tiempo para existir. Y también tienen una cualidad difícil: los personajes no parecen inventados para sostener una trama, sino observados durante años hasta entender cómo hablan, cómo aman o cómo destruyen aquello que aman. Los primeros libros suelen funcionar como presentación. Este hace otra cosa. Construye un universo propio desde el comienzo y deja la impresión de que las historias siguen ocurriendo incluso después de cerrar la última página. Eso no pasa seguido. Y cuando pasa, conviene prestar atención.