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Prólogo de Hernán Casciari

Daniel escribe sobre las manías como una forma de ordenar el caos

Sobre El loco del libro

PRÓLOGO · 18 de mayo de 2026 · 19:02

No todos los escritores llegan a sus obsesiones por el mismo camino. Algunos entran por una gran revelación; otros, como Daniel Ibaña, parecen haber llegado por acumulación: lecturas de infancia, ejercicios secretos, novelas escritas como entrenamiento, una paciencia casi maniática para volver sobre una idea hasta torcerla.

Hay algo de eso en El loco del libro: personajes empujados por fijaciones mínimas, por pensamientos que insisten hasta alterar la realidad. No es casual que un autor formado en el policial y en la construcción de atmósferas haya encontrado en la obsesión su materia narrativa. En la charla apareció una imagen hermosa: ese chico que llevaba al aula versiones caseras de Elige tu propia aventura ya estaba, sin saberlo, ensayando una poética. Después vinieron Fontanarrosa, Sacheri, las novelas negras, los talleres, las doce novelas como laboratorio. Todo eso se siente en estos cuentos, donde lo cotidiano nunca termina de ser del todo cotidiano. Hay un desvío, un pequeño corrimiento, una lógica privada que empuja a los personajes hacia zonas incómodas. Daniel escribe sobre manías, pero sin juzgarlas: las entiende como una forma secreta de ordenar el caos. Incluso la violencia o lo inquietante aparecen menos como golpes de efecto que como consecuencia natural de una percepción obsesiva del mundo. Estos relatos tienen algo raro y valioso: consiguen que lo absurdo parezca razonable por unos segundos. Y en esa grieta —la que se abre cuando una obsesión empieza a tener sentido— nace la mejor literatura.