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Prólogo de Hernán Casciari

El tercer voto explora una zona dolorosa de la memoria

Sobre El tercer voto

PRÓLOGO · 29 de septiembre de 2026 · 18:20

El tercer voto entra en una zona dolorosa de la memoria sin convertirla en expediente ni en alegato. La novela parte de un abuso ocurrido en un colegio pupilo, pero el centro no está solo en el hecho, sino en sus ecos: la culpa del amigo que no supo ayudar, el suicidio tardío de Ángel, las voces que intentan comprender lo irreparable y ese sacerdote que también narra desde su propia oscuridad.

Marcelo Donato construye una novela coral, quebrada, donde cada testimonio parece acercarse a una verdad que nunca se deja poseer del todo. El título abre una clave precisa: en la cuerda franciscana, el tercer nudo representa la castidad; en esta historia, ese voto se vuelve una promesa rota, una máscara institucional, una herida que atraviesa cuerpos y décadas. La narración no avanza en línea recta porque la memoria tampoco lo hace. Vuelve, salta, se contradice, ilumina fragmentos, permite que hablen los vivos, los muertos, los culpables, los amantes, los hijos. Hay en el libro una experiencia de exilio, de cine, de pérdida y de regreso que trabaja por debajo, como un montaje secreto. El tercer voto no busca consuelo fácil. Pregunta qué hacemos con aquello que fue silenciado demasiado tiempo, qué responsabilidad tienen los testigos, qué ocurre cuando una vida queda marcada por una violencia que otros prefirieron no mirar. Y encuentra en la literatura una forma de abrir, por fin, una puerta cerrada, sin confundir reparación con olvido ni denuncia con mero ajuste de cuentas personal tardío.