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Prólogo de Hernán Casciari

Gabriela escribe sobre las pequeñas tensiones de la vida cotidiana

Sobre Eso que siempre estuvo ahí

PRÓLOGO · 28 de abril de 2026 · 12:28

Hay libros que se escriben como quien construye algo desde cero, y hay otros que aparecen como quien vuelve a un lugar que siempre estuvo ahí, esperando. El de Gabriela Stringa pertenece a esta segunda forma: no es un gesto de invención sino de reconocimiento.

Eso que siempre estuvo ahí nace de una certeza íntima, casi física, de que había un mundo adentro suyo pidiendo forma. No viene de una tradición literaria ni de un recorrido académico, sino de una irrupción: la escritura como respuesta a un momento de quiebre. Y quizá por eso sus relatos tienen una sensibilidad particular, una manera de mirar que no está contaminada por fórmulas sino guiada por la necesidad. En este libro hay un pueblo, hay personajes que se cruzan y se reconocen, hay historias de abandono, de pérdida, de vínculos inesperados que se vuelven esenciales. Pero, sobre todo, hay una mirada. Gabriela escribe desde un lugar honesto, atento a los detalles, a las pequeñas tensiones que sostienen lo cotidiano. Sus personajes no buscan ser extraordinarios: están rotos, están intentando, están viviendo. Y en ese intento aparece algo profundamente humano. Hay en estos cuentos una lógica de regreso, de circularidad, de historias que se tocan entre sí como si compartieran una memoria común. Como si ese universo narrativo no fuera una invención sino un territorio al que se vuelve. Este libro no explica de dónde viene esa voz, pero la hace evidente. Y eso alcanza.