Cecilia creció en una casa donde acaso faltaban otras cosas, pero nunca faltaban libros. Esa imagen inicial explica bastante: primero fue la lectura, después la necesidad de escribir. Durante años esa escritura tomó un rumbo preciso y profesional; trabajó sobre educación y psicología, dio clases en la universidad, buscó intervenir con ideas y argumentos en aquello que veía pasar en las aulas.
Pero al jubilarse decidió correr el cuerpo de ese territorio. Quiso dejar de escribir sobre lo que sabía y empezar a escribir sobre lo que la inquietaba de otra manera. En la pandemia, cuando el tiempo se volvió más silencioso y más extraño, se hizo una pregunta decisiva: por qué quería escribir literatura. La respuesta no fue una teoría, sino una serie de escenas, recuerdos y descubrimientos. Leyendo, sintió siempre que vivía muchas vidas; escribiendo, empezó a buscar el momento en que la propia pudiera dialogar con todas esas otras. Por eso en sus relatos aparecen libros, canciones, películas, poemas: no como adornos cultos, sino como huellas de una vida hecha también de lecturas y de ecos. Hay en estas páginas personajes que se preguntan, que vacilan, que recuerdan, que caen y vuelven a probar. Y hay, sobre todo, una autora que encontró en la ficción una forma más libre de pensar las mismas cuestiones que la acompañaron siempre: la identidad, el deseo, la memoria, las razones íntimas de lo que hacemos. Cecilia llegó a la literatura no para alejarse de su vida anterior, sino para escucharla con una música distinta.