La muerte del jabalí empieza como una búsqueda íntima y termina abriendo una trama de poder. Lucía, estudiante de Derecho, quiere saber qué ocurrió con el padre que su madre y su abuela le ocultaron desde chica. Esa pregunta, que parece familiar, la obliga a volver sobre un territorio del que había intentado exiliarse: San Lorenzo, en Santa Fe, un pueblo donde ciertas familias manejan la iglesia, la policía, los medios y también las versiones oficiales de lo ocurrido.
Ariel Moncalvo construye un policial que avanza en dos tiempos: el presente de 2019, con Lucía investigando junto a Miguel, un policía cercano a la familia, y los años sesenta, donde las carpetas, los archivos y los recuerdos empiezan a mostrar otra historia. Lo más atractivo de la novela está en ese desplazamiento: la protagonista busca a un padre y encuentra un sistema. Busca una verdad privada y descubre una maquinaria colectiva de silencios, favores, violencia y obediencia. El jabalí del título no es solo un animal ni una metáfora decorativa: nombra una estirpe, un criadero, una forma brutal de poder que se volvió costumbre. Por eso cada hallazgo de Lucía no solo modifica su identidad, sino que amenaza el orden entero del pueblo. La muerte del jabalí tiene ritmo de thriller, memoria de provincia y pulso cinematográfico. Y pregunta qué pasa cuando alguien decide mirar donde todos aprendieron a no mirar, aunque al hacerlo despierte una bestia que llevaba décadas alimentándose en silencio, dentro de la casa familiar y política.