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Prólogo de Hernán Casciari

Mónica Pickholz leyó a los dieciocho años un libro que después desapareció

Sobre Mania, hasta el infrarrojo

PRÓLOGO · 23 de julio de 2026 · 14:27

Mónica Pickholz leyó a los dieciocho años un libro que después desapareció. Lo había escrito Mania, su abuela paterna, casi sin ver, con ayuda de otra persona y con un título que parecía resumirla y ocultarla al mismo tiempo: Mi vida color de rosa.

Ese manuscrito se perdió entre otras pérdidas familiares, pero dejó una marca suficiente para que, cuarenta años más tarde, Mónica quisiera volver a buscarlo. Mania, hasta el infrarrojo nace de esa búsqueda: la nieta que intenta reconstruir la vida de una mujer exagerada, elegante, movediza, a veces frívola, a veces calculadora, siempre más difícil de atrapar de lo que parecía. Mania venía de una familia judía que pasó por Cracovia, Viena, guerras, desapariciones y silencios; también fue la abuela que le abrió la puerta a Mónica cuando, a los dieciocho años, necesitó una casa donde caer. El libro cruza documentos, recuerdos, preguntas, una prima segunda recién encontrada, rastros de un tío en archivos universitarios y escenas de convivencia que todavía conservan temperatura. El título funciona como una promesa: mirar más allá del espectro visible, hasta donde la memoria sola no alcanza. Tal vez por eso este homenaje no intenta copiar el libro perdido de Mania. Hace algo mejor: lo continúa.