Hay escritores que llegan a la literatura por una biblioteca. Claudia Morales llegó por una necesidad más primitiva: la de encontrar una forma de ser querida, de hacer reír, de ordenar el desborde y de transformar en relato todo eso que la vida deja vibrando cuando termina.
Escribe desde los cinco años, primero canciones, después escenas, más tarde capítulos de televisión, obras de teatro, posteos, poemas, cuentos. Es, antes que nada, una narradora profesional. Pero en Manual para perseguir mariposas aparece algo distinto: no la autora de oficio, no la guionista eficaz, no la artesana del gag o del conflicto, sino una escritora que se permite reunir sus obsesiones bajo una misma música. Esa música, en este caso, tiene forma de mariposa. No como adorno ni como símbolo lindo, sino como una presencia inquieta que atraviesa todos los cuentos y les da una unidad secreta. Los personajes de este libro quieren cambiar, escapar, renacer, dejar atrás la mediocridad, el dolor o el absurdo. Y en ese intento, a veces desesperado y a veces cómico, se parecen bastante a nosotros. Claudia combina ciencia ficción, humor negro, mundo corporativo, tecnología y heridas íntimas con una soltura envidiable. Lo hace sin solemnidad, con ritmo, con inteligencia y con una intuición narrativa que no necesita permiso académico para existir. Este libro confirma algo que ella quizá ya sabía de chica, cuando escribía para que la aplaudieran: que hay quienes nacen para contar. Y que cuando encuentran el hilo que une todas sus formas, ya no escriben escenas sueltas: escriben un universo.