Durante algunos años de la adolescencia, escribir podía ser una actividad incómoda. Leer mucho también. A veces alcanza con eso para guardar un cuaderno en un cajón durante décadas. Estefani Vicens escribió de chica, dejó de hacerlo y volvió mucho después, cuando ya era psicóloga, docente universitaria y había pasado años ayudando a otros a ordenar palabras. Me gusta pensar que Manzanas negras empezó ahí: no en el primer cuento, sino en ese regreso.
Los relatos fueron escritos en épocas distintas, pero comparten una insistencia. Aparecen las chacras, el río Negro, las familias, las personas que siguen viviendo cerca del sitio donde crecieron y las que creen haberse ido aunque todavía carguen el paisaje encima. Hay una mujer que baja del auto y agarra una manzana al borde de una ruta. Hay otra fruta con sabor extraño. Hay personajes que intentan resolver algo mientras cargan preguntas más viejas. El Alto Valle no funciona como escenario: condiciona el humor, los vínculos y hasta las formas del silencio. Este primer libro tiene además una virtud poco frecuente en autores inéditos: no busca demostrar talento. Parece escrito por alguien que aceptó mirar con atención el mundo que conoce y descubrió que ahí, entre cosas aparentemente comunes, todavía quedan misterios.