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Prólogo de Hernán Casciari

La economía familiar alejó al autor de Filosofía y Letras

Sobre Miedos propios y ajenos

PRÓLOGO · 15 de septiembre de 2026 · 22:26

Sebastián tenía ocho años cuando una maestra rural lo animó a escribir un cuento y consiguió que se lo publicaran en un suplemento infantil de un diario santafesino. Para entonces ya había pasado de Buenos Aires a una escuela de veinte alumnos en Corrientes y después a otra, también rural, en la cuña boscosa de Santa Fe.

Esa infancia atravesada por ciudades, pueblos y campos le dejó una mirada difícil de encerrar en un solo paisaje. Años más tarde quiso estudiar Filosofía y Letras, pero la distancia y la economía familiar lo llevaron hacia Abogacía. La escritura quedó cerca, aunque no en el centro. Trabajó, formó una vida y publicó de manera autogestiva un primer volumen de cuentos, una experiencia que le enseñó tanto sobre literatura como sobre las dificultades de convertir un manuscrito en libro. En estos relatos vuelve sobre una etapa universitaria marcada por el deseo, la incertidumbre y distintas formas del miedo. Algunos temores son íntimos; otros pertenecen a personas que apenas conocemos, pero terminan revelando algo propio. Hay una mujer parecida a una actriz admirada, una pensión estudiantil, un joven que descubre el deseo y otro que lo enfrenta desde un lugar muy distinto. Sebastián escribe desde esa mezcla de mundos que lo formaron: la ciudad grande, la escuela rural, los pueblos pequeños, el derecho y la imaginación. Sus cuentos no intentan vencer el miedo ni explicarlo. Se acercan a él, lo observan y buscan la forma precisa en que empieza a hablar cuando alguien deja de callarlo.