Cada fin de año, después del brindis familiar, Bertrand Rouzaut y su abuela May se quedaban solos hasta tarde, con música, whisky y un habano. La escena parece demasiado perfecta, pero era real: un nieto joven y una mujer de noventa y tantos años, sentados como dos amigos viejos, en una conversación donde podían entrar el sexo, los miedos, la política, los secretos del barrio y esas preguntas que en otro cuarto de la casa hubieran sonado a problema.
May no era una abuela decorativa. Había llegado a vivir con la familia después de enviudar, pero pronto ocupó un lugar mucho más grande que el de una persona agregada a la casa. Para Bertrand fue confidente, cómplice y, a veces, la única adulta capaz de escuchar sin convertir cada confesión en alarma. Misterios de May nace de esa relación rara y luminosa. No intenta contar toda la vida de May desde afuera, ni levantarle un monumento prolijo. Cuenta lo que pasa cuando una abuela deja de ser una figura secundaria y se vuelve una zona de libertad. También cuenta el deterioro, los silencios finales, ese cambio de un año para otro que vuelve desconocida a alguien amado. Bertrand escribe para recuperar a la mujer que lo entendió cuando él todavía no terminaba de entenderse. Y en esa recuperación aparece algo más: la certeza de que algunas personas nos salvan sin decir grandes frases, apenas por la manera en que nos dejan hablar.