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Prólogo de Hernán Casciari

Silvio Rodríguez nació y sigue viviendo en Crespo, Entre Ríos

Sobre Pueblo chico

PRÓLOGO · 19 de junio de 2026 · 15:53

Un hombre estaciona el auto durante la hora de almuerzo, lejos de sus compañeros de trabajo, y escribe cuentos desde el celular mientras alrededor funcionan frigoríficos, plantas de incubación y oficinas. Esa imagen sirve para entender bastante de este libro.

Silvio Rodríguez nació y sigue viviendo en Crespo, Entre Ríos. Trabaja muchas horas, tiene un comercio, administra obligaciones y aun así conserva una sospecha incómoda: el miedo a llegar a viejo y descubrir que puso la escalera en la pared equivocada. Pueblo chico nace de ese temor. También de la necesidad opuesta: comprobar que todavía hay tiempo para prestar atención a aquello que importa. Los relatos recorren infancias deformadas por la memoria, familias donde el afecto convive con tensiones silenciosas y pueblos pequeños donde todo parece tranquilo hasta que algo se rompe. Algunos cuentos ocurren antes incluso del nacimiento del autor. Otros avanzan sobre pérdidas, violencias o grietas cotidianas. El escenario casi siempre es parecido: lugares donde todos se conocen y donde cualquier secreto tarda años en desaparecer. Silvio empezó como lector de Elige tu propia aventura, volvió una y otra vez a Mark Twain, lee a la escritora argentina Samantha Schweblin y todavía siente pudor al mostrar lo que escribe. Ese pudor, curiosamente, suele ser un buen síntoma: revela respeto por las palabras. Pueblo chico es el primer libro de alguien que decidió no dejar pasar el tren. Y quizá por eso sus mejores páginas tienen una urgencia extraña, como si cada historia quisiera responder una pregunta antigua: cuánto de nuestra vida elegimos y cuánto heredamos.