Josefina Álvarez Quirós leyó en voz alta una escena de lluvia en Córdoba: María está frente al espejo, lista para una cita a la que no quiere ir, con la humedad metida en la ropa y en los pensamientos.
Esa imagen abre una puerta precisa hacia estas páginas, porque detrás de esa adulta que intenta sostener una noche cualquiera aparece una niña que pasó demasiado tiempo sola, invisible, atenta a los dolores de una madre a la que muchas veces no sabía cómo alcanzar, convencida de que existir era algo que otros podían discutirle.