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Prólogo de Hernán Casciari

Gabriel publicaba en Facebook relatos breves, recuerdos, reflexiones

Sobre Un amor que no traiciona

PRÓLOGO · 11 de marzo de 2026 · 14:06

Hay personas que escriben porque quieren contar historias y otras que escriben porque necesitan sacar algo de adentro. Gabriel Eduardo Bigal pertenece claramente al segundo grupo. Durante muchos años la escritura apareció en su vida de distintas maneras. De chico era lector entusiasta de revistas de historietas y jugaba a ser periodista.

Más tarde eligió un camino profesional muy distinto: estudió contabilidad y se recibió. Pero la inquietud por contar cosas seguía ahí, esperando su momento. Ese momento llegó por un camino inesperado: el humor. Bigal empezó a hacer stand up. Como suele ocurrir en ese mundo, primero aparecieron los monólogos: textos escritos para decir en voz alta, pequeñas historias personales contadas frente a un público. Ese ejercicio —la mezcla de observación, memoria y emoción— fue el que terminó empujándolo hacia la narrativa. De los monólogos pasó a los cuentos, a la poesía y a las crónicas personales. Durante un tiempo esos textos circularon en un lugar muy contemporáneo: las redes sociales. Gabriel publicaba en Facebook relatos breves, recuerdos, reflexiones. Y algo empezó a ocurrir: los lectores reaccionaban, comentaban, se reconocían en esas historias. Ese diálogo fue el que lo animó a dar el paso siguiente: reunir sus textos en un libro. Un amor que no traiciona es justamente eso: un conjunto de relatos donde la amistad, el fútbol, la memoria familiar y las pequeñas épicas de la vida cotidiana aparecen contadas con una voz directa, emocional y cercana. Hay en estos cuentos una convicción muy clara: escribir no es un ejercicio literario distante, sino una forma de ordenar lo vivido, o —como diría el propio autor— una manera de vaciar aquello que nos desborda para que las historias finalmente puedan respirar.