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Prólogo de Hernán Casciari

La forma apareció antes de que el duelo tuviera tiempo de acomodarse

Sobre Un Chicho cualquiera

PRÓLOGO · 31 de agosto de 2026 · 14:20

Chicho dejó frases, máximas, pequeñas instrucciones para sus hijos, y Gisela Spataro hizo lo que alguien le había aconsejado en medio del dolor: anotó todo, porque más adelante aparecería la forma.

La forma apareció antes de que el duelo tuviera tiempo de acomodarse. Su esposo había atravesado una enfermedad larga, feroz, y ella había dejado su trabajo para cuidarlo; pero este libro no quiere contar un cáncer ni convertir la enfermedad en centro. Quiere recuperar al hombre de antes y de siempre: el esposo, el padre, el amigo, el que hacía reír, el que hablaba con una voz propia, el que dejaba enseñanzas sin solemnidad, el que todavía podía decir algo importante en una escena cotidiana. Gisela escribe para sus hijos, que tienen diez y catorce años, para que el padre no quede reducido al tramo final ni a la imagen del cuerpo enfermo. Escribe también para ella, claro, porque toda memoria amorosa ordena un poco el caos de la ausencia. Pero el libro ya salió de las cuatro paredes familiares: lo compró gente que no lo conocía, personas que encontraron en esa historia un eco de otros Chichos, otros duelos, otros amores. Esa expansión le da sentido a estas páginas. Lo íntimo, si está bien contado, deja de ser privado. Se vuelve compañía. Gisela no escribe desde la distancia de quien ya entendió todo, sino desde el temblor reciente de quien todavía aprende a vivir con una presencia que cambió de forma.